El hijo de Pablo Escobar: “Los colombianos cuando llevan la droga a EEUU no obligan a nadie a que se la compren”

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No me dice dónde está aunque me confirma que se encuentra en Colombia. No es la primera vez que vuelve al país que su padre bañó de sangre. Su apellido aún sigue pesando mucho en una nación que se vio arrasada durante los ochenta y los noventa por la violencia de –seguramente- el narcotraficante más famoso del mundo, Pablo Escobar, su padre.

Ha estado huyendo de su pasado desde que el 2 de diciembre de 1993 el narco que inundó los Estados Unidos de droga cayó tiroteado por hablar al teléfono precisamente con él. Ser el hijo de Escobar le obligó a abandonar su país natal y refugiarse en Argentina, donde decidió cambiarse de identidad: su nuevo nombre es Sebastián Marroquín.

“La gente en Colombia ha entendido ya que yo tuve 23 años para haberme convertido en ese Pablo 2.0.”, explica Juan Pablo. Sin embargo, él decidió ser un “hombre de paz porque no quiero dejarle a mi hijo idéntico legado de violencia que el que me dejó mi padre a mí”.

¿Un padre ejemplar?

Por ello escribió ‘Pablo Escobar: Mi padre , una obra que se acaba de traducir al inglés en Estados Unidos. Aquellos que crean que el libro es una retahíla de reproches por haberle dejado el peso de su figura, se equivoca.

“No estaba de acuerdo con la violencia que él ejercía pero el amor hacia él fue tan grande que si tenía que entregar yo mi vida lo haría. No lo dudé nunca. Ni lo dudo hoy”.

De manera tranquila y pausada, afirma que Escobar, el narcotraficante que tuvo en jaque a los servicios de inteligencia de medio mundo, era un hombre paradójico, un “hombre de extremos” que “tenía la capacidad infinita de amar y la capacidad de odiar en iguales proporciones”. Juan Pablo rechaza y condena los asesinatos, las bombas, las emboscadas… pero “también es cierto que le hizo mucho bien a muchos otros, entre los cuales me incluyo porque me educó con amor y responsabilidad y con valores, a pesar de que (él) no los tenía”.

Como muestra de las “buenas acciones” me invita a recorrer el proyecto de Pablo Escobar donde construyó miles de casas para los pobres que vivían en un basurero municipal en Medellín. Este tipo de acciones, que le granjearon una fama de Robin Hood, le permitió a Pablo Escobar gozar de gran popularidad entre los más desfavorecidos e incluso llegar a la Cámara de Representantes de Colombia en 1982.

El problema era el origen del dinero: el negocio ilícito de las drogas que lo llevó a convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo, según Forbes. Las cantidades de dólares que amasó Escobar le permitieron tener una vida ridículamente ostentosa en la famosa Hacienda Nápoles, en la que llegó a levantar un zoológico con especies exóticas.

“Mi infancia estuvo rodeada de lujos, de excentricidades, de excesos”, recuerda Pablo. Pero en 1984, Pablo Escobar ordenó la muerte del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla: “Desde entonces nos tocó huir.Vivíamos siempre en el miedo, la huida y la zozobra. No pertenecíamos a ningún lugar. Vivíamos como delincuentes huyendo una y otra vez”.

En ese momento, Juan Pablo tenía apenas siete años y fue la primera vez que comenzó a entender que no vivía en una familia convencional. “ En 1984, mi padre me dijo que su profesión era ser un bandidodespués de que ordenó la muerte del ministro. Desde entonces no tuvo ningún reparo en reconocer que se había dedicado a la delincuencia como profesión”, confiesa Pablo, que sin embargo no entendía exactamente cuál era el oficio de bandido. Los años se encargarían de darle innumerables ejemplos del trabajo que ejercía su padre, como cuando en 1989 hizo explotar un avión de Avianca en el que murieron 110 personas.

Según su versión, Pablo Escobar no sería otra cosa que una suerte de Doctor Jekyll and Mister Hyke: un padre con “una capacidad infinita de amar” y un asesino que “no tenía ningún reparo en decir ‘esta bomba sí la puse yo’” para dejar claro quién mandaba en Colombia.

Juan Pablo Escobar se convirtió en arquitecto en Argentina. Pero además, quien estaba llamado a liderar al poderoso cartel de Medellín, ahora da conferencias donde promueve la paz. Él defiende que desde joven fue pacifista, que no compartía las acciones de su padre e incluso de las reprochaba. Sin embargo, el día que fue abatido mientras huía tras estar al teléfono hablando con él, proclamó su intención de vengar su muerte. Fue un deseo visceral: “ Yo prometo vengar la muerte de mi padre después de que me entero de su fallecimiento y 10 minutos después de reflexionar sobre mis amenazas, claramente me di cuenta de que estaría a punto de convertirme justamente en la persona que en vida tanto critiqué desde el amor”.

Llegó a la conclusión de que esa vida, la que había llevado hasta entonces el sanguinario Escobar, no la quería repetir ni la deseaba “para mi país, para mi familia, para mi hermana ni para mi futuro”.
Hasta ahora, él ha sido el único miembro que ha salido a asumir la responsabilidad moral de los crímenes de Escobar. Tanto María Victoria Henao, esposa de El Patrón, como Manuela Escobar, la única hija del matrimonio, han decidido mantener una vida de bajo perfil también en Argentina.

Manuela, quien nació en 1984, era una niña cuando todo ocurrió. María Victoria, sin embargo, fue consciente de las tropelías y delitos de su esposo. “Ella nunca aplaudió la violencia de mi padre. Jamás. Nunca se alegró por un solo acto de violencia de mi padre. Siempre lloraba cada vez que había un acto de violencia cometido por él”, la defiende su hijo. “Lo único que hizo fue ser fiel a los preceptos del matrimonio durante toda su vida” porque ella no se casó con el Pablo Escobar narcoterrorista sino con el “hijo del vigilante del barrio”.

¿El Chapo, el nuevo Escobar?

Un don nadie que llegó a controlar el 80% del mercado internacional de la cocaína y que consiguió introducir hasta 15 toneladas de esta droga en territorio estadounidense… por día.

Pese a que no excusa el papel del “hijo del vigilante del barrio”, Juan Pablo no duda en señalar que su padre no fue el único responsable de todo lo que ocurrió. “Creo que tanto los consumidores como los narcotraficantes son responsables”, afirma y apunta directamente a Estados Unidos. “Los colombianos cuando llevan la droga a Estados Unidos no obligan a nadie que se la compren; se la quitan de las manos”, añade.

Juan Pablo explica que ha sido Estados Unidos quien ha patrocinado la violencia que se vive en los países por donde las drogas circulan en su camino hacia el norte: “Ese dinero mueve las fiestas (en EEUU) y en Colombia mueve las masacres y la violencia”.

Su teoría para explicar este negocio tan lucrativo es sencilla: mientras haya consumidores, siempre va a haber narcos dispuestos a llevarle la droga a la puerta de sus casas.

Para poder acabar con este círculo propone acabar con la prohibición de las sustancias ilegales: “Es momento de que nos replanteemos nuestra visión tan arcaica ante las drogas y aprendamos a vivir con esa realidad. No a incentivar su consumo sino a incentivar la educación para que, en todo caso, se haga un control y de regulación por parte del Estado. Porque el acto de prohibición es un acto de irresponsabilidad. Cuando un estado prohíbe deja en mano de los narcotraficantes el control de la calidad y del tráfico internacional de los estupefacientes”.

Víctima de esta política de persecución de las drogas es también México, en su opinión. Pese a que no se considera con la fuerza para sostener que México está repitiendo la historia de Colombia, sí cree que este país está siendo también víctima de la visión prohibicionista del mundo: “Lo que México está viviendo no es responsabilidad exclusiva de los mexicanos… es una responsabilidad global compartida porque hay consumidores, hay países productores y hay países por donde pasa la droga. Todas esas autoridades y todas esas personas involucradas tienen algo que ver. Parte de esa corrupción es la que garantiza el éxito del negocio. Creo que hay unas redes tan grandes de corrupción de las que no se habla. Y se maneja con hipocresía la visión de este negocio y claramente se señala como con exclusiva responsabilidad a los narcotraficantes latinoamericanos de los problemas de adicciones que se dan en las grandes potencias”.

Por cierto, él se niega a realizar ningún tipo de comparación con el que muchos han llegado a considerar el sucesor de su padre: Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán. Lo hace porque es muy difícil saber cuánto de lo que se conoce del líder del cartel de Sinaloa es verdad y cuánto ficción creada en torno al personaje. Pero lo que sí demuestra el poder que acapara ahora el narco mexicano es “una evolución del negocio”. Y avisa: “donde hoy está El Chapo, mañana estará otro”.

La polémica con Netflix
La vida de Pablo Escobar ha sido, desde su muerte, fruto de inspiración para telenovelas, libros, películas, documentales… El último en caer en la tentación ha sido Netflix, que tras el éxito de las dos primeras temporadas de Narcos ya ha anunciado, para felicidad de sus seguidores, que habrá una tercera y cuarta.

No está precisamente entre los contentos Juan Pablo, quien no ha dejado de criticar con fiereza una adaptación que no se ajusta fielmente a lo que sucedió. “Uno no puede tener la desfachatez, como empresa, de salir a venderle a millones de suscriptores una historia verdadera cuando no lo es. Eso, a mi juicio, no me parece serio y no sé si hasta puede ser un delito”, explica con tono firme.

Sus quejas son numerosas, empezando por que los productores no hayan contado con él o su familia. Les reprocha que siquiera les hayan contactado para verificar los hechos: “Si quieres contar la verdad, haz al menos un llamado a su viuda o sus hijos”.

Además, asegura, han inventado o tergiversado la historia: “ Hay una serie de hechos históricos, y de fechas y de personajes que, para nada, coinciden ni en el tiempo, ni en el espacio, ni en la época porque estaban detenidos o muertos para cuando a los guionistas se les antojó meterlos en su visión fantasiosa sobre lo que significó Pablo Escobar para el mundo”.

No acaban ahí sus quejas. Entre los errores está, por ejemplo, la aparición de un tío materno, Carlos Henao, como narcotraficante cuando, según Escobar, nunca cometió ningún delito ni fue condenado. Sólo se dedicó a vender biblias. Por eso, acusa a la plataforma de contenidos de pago de difamación.

Y por si fuera poco, también afirma que Netflix “ha utilizado fotografías del archivo familiar, videos… y yo no los he autorizado”.

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